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Simbolos Patrios de Venezuela Simbolos patrios de Venezuela: Flor nacional La Orquidia, Ave nacional el Turpial, Bandera, Escudo, Himno Nacional. Pais Venezuela, Descubra y conozca su: Geografica * Simbolos Patrios * Cultura * Deportes * Dichos y Modismos * Economia * Embajadas * Entretenimiento * Flora/Fauna * Historia y Gobierno * Tradiciones * Turismo * Productos y mucho mas... Viaje a su pais por menos, ahorre dinero al comprar su billete aqui → → → La República de Venezuela posee una serie de elementos emblemáticos definidos por ley, llamados: Símbolo Patrios de Venezuela
El 07 de marzo de 2006, la Asamblea Nacional, asumiendo el reto y la responsabilidad, en sesión ordenaría edifico y sanciono la ley de símbolos, la cual añade la octava estrella ala bandera, nacional y coloca la caballo de Bolívar, representado en el Escudo, de la vista al frente mirando hacia el futuro.
El turpial, ave nacional de Venezuela, es llamado moriche por las tribus del estado Amazonas, tan cercano que esto y tan lejano que siempre nos parece.
Simbolos Patrios de Venezuela
El Himno Nacional de la República Bolivariana de Venezuela es el canto patriótico conocido con el nombre tradicional de Gloria al bravo pueblo. Aunque sus orígenes se remontan a la época inicial de la Independencia, su designación como Himno Nacional fue hecha por decreto de Antonio Guzmán Blanco en 1881. Coro I II III El turpial, ave nacional de Venezuela, es llamado moriche por las tribus del estado Amazonas, tan cercano que esto y tan lejano que siempre nos parece. Allo, en la selva profunda, donde se unen colores y sonidos al impulso del viento y de la alegro a simple de los primeros habitantes de esta tierra sagrada, cada razon de ser de la naturaleza tiene sus explicaciones, su modo y su motivo y mos que largas explicaciones, densas y complejas redacciones, es el hecho simple del esplendor natural lo que forma leyendas, tradiciones, experiencias y verdades. En un tiempo del que no se guarda memoria sucedi� un cataclismo terrible en la tierra. Fue antes de la hecatombe que dos aves, de bello cantar y hermosos colores, vinieron a la tierra para advertir a los hombres de su deber y que, en dulces y m�ltiples melod�as, salidas de sus breves y hermosos cuerpos, les comunicaron el encargo de Dios. Como los hombres ignoraron sus mensajes y aquella fuerza divina, ahogada por la inclemencia de la vanidad y del desprecio del deber, dio paso muy a pesar de Dios al desbordamiento de las fuerzas de la naturaleza que, sin piedad, acabaron con todo lo vivo a excepci�n de las aves que, obedientes a su mandato superior, pero muy heridas en su orgullo, flotaban sobre el mundo que perec�a sin remedio. Pasada la tragedia y recuperado el andar de todos los d�as, Dios permiti� que nacieran de nuevo hombres y mujeres, y que de sus uniones nacieran nuevos hijos que al representar los nuevos tiempos eran una esperanza de vida para la humanidad y la naturaleza. Dios, aunque implacable en el castigo, amaba al mundo y a sus criaturas. Por eso decidi� preservar por siempre a las aves que advirtieron, sin ser o�das, la grandeza de la obediencia. Le dio un traje nuevo y un canto a�n m�s melodioso: les dio el amarillo y el negro como sus �nicos colores y puso en sus diminutas gargantas el sonido m�s puro de la naturaleza. Naci�, entonces, el turpial o moriche como fue llamado, desde el primer momento en que lo vieron los primeros indios del Amazonas, y que es eterna y sencilla compa��a de las angustias y dolores de los hombres que viven a la vera de los grandes r�os, en los silencios m�s totales y en las selvas m�s remotas y dif�ciles de llegar. Y as� de sencillo y bello como su canto es la historia del moriche amazonense. Ellos son la forma m�s hermosa de o�r la voz de Dios en aquellas distancias. Canta y su l�rico aporte entra al alma despu�s de pasar por los o�dos. Cada uno es una aventura, un sue�o, una expresi�n de gracias porque fueron creados por Dios mismo para benepl�cito de los hombres y grandeza de su obra. El moriche capta el alma de la naturaleza y acompa�a al hombre en sus caminos como una apoteosis de la fuerza, calidad, dulzura y profundidad de Dios hecha presencia. Se dice, en la vieja leyenda de la selva, amable y querida, que amarillo y negro son los colores que luce, en sus m�gicos vestidos, la diosa del canto y de la melod�a. Yo creo que debe ser cierto. De otro modo no se explica la dulzura del moriche y su presencia, a nuestro lado, como un heraldo de la eternidad. La orquídea, es la flor nacional de Venezuela, se puede encontrar de forma salvaje en los parajes del Amazonas venezolano, en cualquier camino o sendero.
«La particularidad más resaltante del Araguaney consiste en su adaptación a todas las disímiles regiones del país: Crece silvestre en el llano y en la montaña; suele abrirse paso entre los gigantes de las selvas... Ningún otro de sus hermanos en la flora venezolana tiene esa generalidad nacional» (García, 1955, p. 66). Ese carácter ubicuo del araguaney que, fuera de la temporada de floración, tal vez pudiera pasar desapercibido para aquellos que no estén muy familiarizados con nuestra variadísima vegetación, se transforma en omnipresencia impactante durante los meses del verano, cuando se lo ve florecer por doquier como una marea de amarillo intenso imposible de ignorar. En palabras de Eleazar Orta «el araguaney es, sin duda alguna, uno de los árboles más bellos de nuestros bosques en el tiempo de su florescencia. Cubierto completamente con flores de un color amarillo dorado hermosísimo, constituye el más brillante espectáculo de magia y color de la naturaleza venezolana» (Orta, [Sin fecha], p. 2). «El Araguaney es riqueza emotiva: sus expresiones embellecen nuestros campos en la época en que la sequía los tuesta y los afea. Son estos los meses en que el Arbol Nacional hace sentir su personalidad en la naturaleza del trópico venezolano. Se asoma a los paisajes para advertir que la vida subsiste dentro de la tierra cálida y sedienta; sus ramazones cubiertas de un vigor amarillo y el grito de las chicharras suplicando agua, son las tórridas señales de vida... Los campesinos lo aman en forma instintiva; es el poeta de los bosques cuando los bosques reclaman una esperanza tonificante» (García, 1955, p. 65-66). No es casual entonces que en la poesía de Pedro Lhaya, quien siempre se mantuvo enraizado con su pueblo, el araguaney sea símbolo inapelable de la fortaleza y el aguante. Así lo dijo con suma claridad en La flor de Galipán, donde ponderó su resistencia a la sequía y al invierno en la estrofa siguiente: «y de su terca savia de árbol múltiple, Y, como era de esperarse, quien lucha, resiste y persiste sin llegar al desfallecimiento posee virtudes que son ante todo los adornos primordiales del araguaney, como bien se expresaba en la siguiente estrofa del poema Cimbrado Va, también del citado poeta barloventeño: «Araguaney selvoso de veranos Decía Jesús Hoyos que «aravenei parece ser la antigua voz con que el indio caribe denominaba al araguaney» (Hoyos, 1974, p. 23). Se trata de un «árbol autóctono, cuya altura oscila entre 6 a 12 metros» que posee una «madera de corazón durísimo y del color de la aceituna oscura. Se emplea en Venezuela, entre otras cosas, para hacer garrotes y bastones», lo mismo que las estacas llamadas laures con que se golpea en Barlovento el tronco del tambor mina, y a veces también a las personas en los jolgorios que terminan en riñas, lo cual explica que en otros tiempos fuera «muy frecuente oír que el araguaney truena y retumba en las espaldas, o abriendo las cabezas en canal» (Picón, 1964 [1912], p. 51). «En la alta cumbre, en la cañada honda, El género a que pertenece el araguaney comprende otras especies parecidas con las cuales se pudiera confundir, ya que tienen también floraciones amarillas, aunque de tonalidades diversas, como son el araguán o cañada (Tabebuia chrysea), el flor amarilla, curarí o curarire (Tabebuia serratifolia) y el acapro (Tabebuia tabilis) (Hoyos, 1987 [1983], p. 66 a 70), los cuales se pueden encontrar por aquí y por allá en Barlovento. |
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