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Los primeros pobladores en América - Tipos de Migración
Conozca los problemas que afecta nuestra comunidad Latino Americana. A la vez su: Globalización, Migración, Ubicación geográfica, Comercio, Cultura, Descubrimiento, Historia, Productos y sus Países Hispanos
Por tanto, la historia de México se remonta 21,000 años en el tiempo. La llegada de las oleadas humanas a México ( 29,000 a. C.), el movimiento de otros cuantos hacia el sur, así como la movilización de otros más, hasta llegar al sur del continente, son factores para que algunas zonas se descubrieran y poblaran. Y así, se desarrollaron en el tiempo diferentes culturas. Como prueba del recorrido y de los asentamientos que hubo en todo el País, se encuentran en el territorio mexicano un sin fin de vestigios que pueden comprobar la existencia y permanencia de múltiples grupos culturales, que con el tiempo conformaron lo que se conocería como Culturas Prehispánicas. Las culturas nómadas y semi nómadas, de colectores y cazadores, se establecieron básicamente en el norte de México. Hacia el centro y sur del País se establecieron culturas sedentarias, agrícolas que conformaron con el tiempo grandes ciudades e imperios. En los estados del norte de la República, incluido Nuevo León, existen múltiples restos culturales que indican la presencia de pobladores nómadas y semi nómadas. Los restos líticos, como las puntas de flechas arrojizadas y de lanzas, raspadores y morteros, expresan una sólida cultura de supervivencia con instrumentos de piedra; además de las pinturas rupestres y petroglifos (grabados en piedra). en número aproximado a los 50.000.000 (según Carr Saunders en torno al 40 por 100 del crecimiento anual de la población europea), dando origen a lo que Reinhard ha denominado "Nuevas Europas". Del Reino Unido salen nada menos que 17.000.000, 10 de Alemania, 9,5 de Italia, 4,5 de Europa balcánica y danubiana, 4,4 de España, 2 de los países escandinavos, 1,6 de Portugal y 0,5 de Bélgica y Holanda. Asia, por su parte, alimenta la corriente migratoria con cerca de 10.000.000 de personas procedentes, sobre todo, de China y la India.
Los Estados Unidos de Norteamérica son un claro ejemplo de las alteraciones producidas por el movimiento migratorio. Entre 1790 y 1950, Estados Unidos recibe cerca de 40.000.000 de extranjeros. Asimismo, el ritmo de crecimiento natural de la nación es notablemente elevado, si bien el índice de natalidad no dejó de disminuir: 50 por 1.000 en 1800, 35 por 1.000 en 1880 y 26 por 1.000 en 1920. Estos cambios se debían al aumento de las ciudades, en las que la fecundidad era inferior a la del campo. Como contrapeso, la duración de la vida media aumentaba. En todo caso, los índices de crecimiento natural y, por supuesto, de inmigración eran superiores a los europeos. Ambos factores hicieron surgir una nueva potencia demográfica (4.000.000 de habitantes en 1790, más de 50 en 1880 y 100 en 1918). A pesar de este importante aumento, la densidad de población permaneció relativamente baja debido a la amplitud de territorios constantemente en progreso con la incorporación de nuevas tierras hacia el Oeste. Las migraciones interiores hacia el Oeste se vieron favorecidas por el establecimiento de los ferrocarriles transcontinentales y por la ley que regulaba la concesión de tierras. Paralelamente al ferrocarril, los colonos se establecieron a lo largo de los itinerarios creando estados nuevos: Nevada, Montana, Arizona, Kansas, Wyoming, Nebraska, etc. También se colonizaron Texas y California. De este modo, se construían y se diferenciaban grupos humanos cuyas características subsisten todavía, pero cuyo origen y relaciones, favorecidos por las nuevas comunicaciones, permitían a la Federación mantener su unidad a pesar del espacio y de la inmigración. La inmigración se produce de manera especial entre 1860 y 1913 (más de 26.000.000 de inmigrantes). Durante este periodo, se asiste a cambios significativos en cuanto a la procedencia. Así, hasta 1880, los europeos que se asientan en Estados Unidos son en su mayoría son originarios de los países del Noroeste de Europa. A partir de esta fecha, aumenta la incorporación de eslavos y latinos, sin olvidar el ritmo creciente de los pueblos asiáticos. Esta nueva procedencia plantea problemas de adaptación, lo que provoca, desde la Primera Guerra Mundial, que se limite el contingente eslavo-latino en beneficio de los nórdicos. Estas circunstancias y las peculiaridades de Estados Unidos, hacen que afloren problemas con relación a los respectivos núcleos de población.
El problema principal, más grave y de mayor entidad hasta la actualidad, es, especialmente en el área sur, el creado por la población de color (el 92,1 por 100 de los negros del país, en 1850, habita en esos Estados; en 1900 era todavía el 89,7 por 100). En la primera mitad del siglo XIX, la mayoría eran esclavos; después de la abolición, su condición social no mejoró mucho. Los negros tomaron conciencia de pertenecer a América, pero no por ello pasaron a ser verdaderos ciudadanos. El desprecio anglosajón se manifestó desde la segregación (escuelas, transportes, viviendas, etc.) hasta el linchamiento. A pesar de contar con una mayor tasa de natalidad, decrece la proporción de negros en relación al total de la población: 15,7 por 100 (3,6 millones) en 1850, 11,6 por 100 (8,7 millones) en 1900. Esta aparente contradicción se debió a que apenas si hubo emigrantes de raza negra y un índice de mortalidad mayor: en 1900, un 17,6 por 1.000 para los blancos y un 27,8 por 1.000 para los negros. La segunda raza con dificultades es la amarilla. En 1892 se había prohibido la emigración de chinos. El progreso del "problema amarillo", especialmente notorio en la zona costera estadounidense del Pacífico, entre 1871 y 1878, fue demasiado rápido y provocó la caída de salarios, al conformarse con sueldos bajos. Pese a las trabas, los japoneses siguen emigrando a EE.UU. hasta 1907, año en que se frena la emigración. Además de las motivaciones económicas y laborales, existe un motivo racial en el rechazo de la población amarilla por parte de los blancos, solucionado de momento con las cuotas establecidas por el gobierno y el nacimiento de barrios separados. Por último, por lo que respecta a la población autóctona, en 1890 había aproximadamente 240.000 indios, es decir, menos de la mitad que los que había a la llegada de los blancos. Este retroceso se explica por una eliminación sistemática, aunque muy variada en cuanto a los medios utilizados. Un proverbio indio compendia las causas de este proceso de destrucción: "El hombre blanco, el whisky, la viruela, la pólvora y las balas, la exterminación". La realidad es que para evitar que ocuparan demasiado espacio se les molestó, se les redujo a la esclavitud y se les expulsó. Los cheroquis, por ejemplo, fueron obligados a un éxodo de más de 1.000 kilómetros que fueron jalonando de cadáveres. Quedaron algunas reservas, pero fueron cada vez más escasas y reducidas. La evolución estadística de los respectivos países de América Latina no es fácil de reconstruir. Las series son incompletas, la población indígena no fue exterminada y su evaluación es sumamente difícil, al igual que los habitantes de otras zonas insertos en Latinoamérica. Esta variada población , lejos de segregarse racialmente, ha dado lugar a un innumerable conjunto de razas, grupos, categorías, etc., que llega hasta el momento presente. La inmigración es también importante, aunque menor que en EE.UU. Se estima en torno a 12.000.000 entre 1810 y 1950. Aunque, étnicamente, los pobladores de tan diverso origen no son solamente ibéricos, la civilización dominante (lengua, literatura, religión, costumbres) tiene un fondo hispano-portugués. De entre todos los países de América Latina dos son los más favorecidos por la emigración europea: Brasil (como Estados Unidos) combina una fuerte emigración con un elevado crecimiento natural, lo que le permite pasar de 3.000.000 a principios del siglo XIX a 27,3 millones en 1920. La República Argentina experimenta un movimiento parecido, pasa de 1.000.000 en 1850 a 7,5 en 1914. La inmigración procede de Italia (la mitad aproximadamente) y España (un tercio). En buena parte se instalan en las cuidades: en 1914, el 75 por 100 de los habitantes de Buenos Aires está inscrito en las estadísticas bajo la rúbrica "nacidos en el extranjero". La política populacionista en los gobiernos de ambos países contribuyó a la expansión económica y social de los mismos. Regiones de las regiones australiano, casi vacías aún a mediados del siglo XIX (en 1850 en torno a 400.000 habitantes), son pobladas por británicos hasta 1914. El asentamiento inglés en Australia, iniciado por coock en 1770, progresa en la centuria siguiente y se consuma en 1870, después de fundar nuevas colonias británicas. La primera colonización se hizo con "forzados" en régimen penitenciario; a partir de 1830, Gran Bretaña cambia de política intentando atraer a los emigrantes, a los que les paga el viaje, ayudando a los colonos a establecerse en la tierra. El descubrimiento de oro (1851) en Nueva Gales del Sur y Victoria es decisivo en este sentido. Al cabo de siete años (1858), se había doblado la población: 1.000.000, que se convierte en casi cuatro en 1900. Los colonos ingleses en Nueva Zelanda disfrutan de la riqueza ganadera y minera del territorio.
Las estimaciones referentes a la mayor parte de África no tienen interés para el siglo XIX, debido a la escasez de datos fiables, especialmente para el África negra. Sólo se pueden dar algunas cifras aproximadas para Sudáfrica (foco de emigración de ingleses y holandeses) que pasa de 70.000 habitantes (1850) a 6.000.000 en 1914. Otro foco de emigración es el Norte de África (Argelia y Túnez), zona de atracción de los franceses, españoles e italianos, a lo largo del siglo XIX y principios del XX, aunque para los españoles fue durante largo tiempo un territorio caracterizado por la emigración temporal o "golondrina". Respecto al continente asiático, conviene llamar la atención sobre el rápido crecimiento del Japón , lo que unido a sus reducidas dimensiones insulares, contribuye a alentar un sentimiento imperialista al compás de la revolución Meiji. Japón pasa de 26 a 52.000.000 entre 1868 y 1913, de forma totalmente opuesta a Europa, pues se da una gran industrialización al tiempo que se propugna el populacionismo (su índice de crecimiento es de 6,6 por 100 en 1880 y de 13 por 100 en 1912). De las grandes masas humanas (India y China) tenemos datos muy vagos. Por lo que sabemos, experimentan un crecimiento natural debido a la diferencia entre una elevada mortalidad y una fuerte natalidad, pero esta diferencia se refiere a tales masas humanas que el aumento es impresionante. Estos países aportan contingentes notables a la emigración: chinos hacia el Pacífico e indios hacia Sudáfrica y Madagascar. Por último, Siberia se poblará entre los últimos años del siglo XIX y el siglo XX por los rusos, empeñados en una política colonizadora.
Después de siglos sirviendo a las colonias, las migraciones invierten el camino y van del Sur hacia el Norte, sacudiendo el tablero del capitalismo mundial.
Entre 1821 y 1924 unos 55 millones de europeos emigraron a distintos continentes, fundamentalmente a América. Eran los expulsados de la revolución capitalista que sacudía la mayor parte de Europa occidental y que había encontrado en la emigración una válvula de escape a las legiones de miserables excretados por la industrialización. Los países americanos, a su vez, estaban necesitados de grandes contingentes humanos con los que poblar sus extensos territorios.
Aquella complementariedad posibilitó que el capitalismo europeo pudiera desarrollarse sin desencadenar un caos, no obstante lo cual revoluciones y asonadas se sucedieron cíclicamente entre 1830 y 1934. La suma de miseria y guerras provocará la revolución bolchevique en Rusia y posibilitará el triunfo del nazismo en Alemania, éste favorecido por grupos capitalistas temerosos de una sublevación popular.
El problema demográfico también fue acicate del imperialismo europeo. Merced a su dominio del mundo, las potencias coloniales promovieron la emigración hacia las colonias, lo que les permitía resolver dos problemas, hambre y desempleo por una parte; expolio de las colonias por otra. Grandes contingentes de europeos se establecieron de Argelia a Sudáfrica, de India a Australia. Las causas de la emigración eran la pobreza y la presión sobre la tierra provocada por la voracidad capitalista y el crecimiento poblacional.
Países escasamente poblados como Noruega vieron emigrar a dos tercios de su población. La emigración se alimentó a sí misma. Los emigrantes irlandeses enviaron a su país de origen casi dos millones de libras entre 1850 y 1855, remesas que servían para pagar el viaje de familiares y amigos. La mitad de Irlanda emigró a EE.UU. Entre 1851 y 1880, 5.3 millones de británicos abandonaron las islas, principalmente a EE.UU., Australia y Canadá.
A mediados del siglo XIX, pero sobre todo a partir de 1880, italianos y españoles se sumaron al flujo migratorio. De 1880 a 1914, más de 3 millones de españoles partieron a tierras americanas, fenómeno que, en el caso de España, se verá potenciada por la derrota republicana en la guerra civil y por la pobreza del país en las décadas siguientes. Hoy, unos 2 millones de españoles residen en el extranjero, de ellos 1.3 millones en Latinoamérica.
Otras migraciones se produjeron a golpe de capitalismo, como la colonización rusa de Siberia y la polaca de la cuenca del Ruhr a finales del siglo XIX, o la emigración interna del campo a la ciudad, que continúa creciendo sin cesar. No obstante, ninguna tan trágica como la migración forzada de africanos por la trata de esclavos, que sigue siendo la página más negra de la rapiña europea. Regiones enteras de África fueron despobladas y otras desarticuladas para siempre.
Se calcula que unos 12 millones de negros fueron esclavizados, cifra impresionante considerando que Holanda tenía 5 millones de habitantes en 1900 y Suecia 7 millones en 1950. Aunque abolida en el siglo XIX, la colonización de África restableció de facto la esclavitud, sumiendo al continente en un infierno que perdura y del que huyen, en riadas crecientes, millones de desamparados.
Hasta 1960, aproximadamente, la emigración proporcionó enormes beneficios a los países europeos. Desde el dominio absoluto que ejercían sobre colonias y protectorados, éstos debían aceptar la emigración blanca que los despojaba de tierras y recursos, en tanto los nativos estaban impedidos de emigrar a las metrópolis. Hispanoamérica lleva 500 años recibiendo migración española, mientras los indios han tenido que esperar 500 años para emigrar a España. Una excepción hubo al impedimento de emigrar: cuando los indígenas eran necesitados como carne de cañón.
Las guerras mundiales obligaron a franceses y británicos al reclutamiento masivo de africanos y asiáticos, que pudieron, a costa de su sangre, conocer Europa. En la I Guerra Mundial, Inglaterra movilizó a 943 mil hindúes. Francia, a 928 mil vasallos. La II Guerra Mundial terminó de liquidar los imperios coloniales, obligando a la repatriación de millones de europeos. La descolonización cerró un ciclo y abrió otro, inesperado, el de la emigración de los ex siervos a las ex metrópolis.
En América, el crack de 1929 hizo que EE.UU., pusiera fin a la época dorada de la inmigración. Si de 1899 a 1914 había recibido 15 millones de emigrantes, entre 1930 y 1945 sólo permitió el ingreso de 650 mil. El grifo se reabrirá con la nueva edad de oro derivada de los ingentes beneficios que le dejó la II Gran Guerra. Latinoamérica siguió recibiendo emigrantes, sobre todo de España e Italia. En Europa, el crecimiento de los años 60 y 70 requirió abundante mano de obra de Europa del Sur y el Mediterráneo. En 1974, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), había 574 mil españoles y 1 millón 37 mil italianos en los países más ricos de Europa.
En el Tercer Mundo, el neoliberalismo impulsado por el dúo Reagan-Thatcher en los años 80 tendrá un efecto devastador, acrecentado por la corrupción y el despilfarro y por una deuda externa colosal que ha empeñado su futuro. La destrucción de la Unión Soviética y del bloque socialista asestó otro golpe demoledor, pues los países pobres perdieron mercados seguros y una ventajosa asistencia económica y técnica.
Con el fin de la Guerra Fría los países ricos redujeron drásticamente la ayuda al desarrollo, impusieron el derribo del aparato estatal y obligaron a privatizar empresas y recursos naturales en provecho de sus multinacionales. El efecto ha sido un aumento atroz de la desigualdad en el mundo y la concentración de la riqueza en un número cada vez más reducido de personas y empresas.
El hundimiento de los países pobres cambió la dirección de los flujos humanos. Latinoamérica, por siglos receptora de emigración, fue convertida súbitamente en región emigrante. Desde los años 80, decenas de millones de latinoamericanos han sido forzados a emigrar. Las cifras muestran la magnitud del fenómeno. El 23% de los mexicanos, el 15% de salvadoreños y el 11% de dominicanos vive en EE.UU. En 2000 había 35 millones de "hispanos" por 21.9 millones de 1990. Hoy suman 39 millones, creciendo 1.3 millones por año sólo en aporte migratorio, sin contar su tasa de natalidad, la más alta de EE.UU.
La emigración ha cambiado las relaciones entre Latinoamérica y EE.UU., más allá de lo que permiten ver las relaciones formales. Las remesas de los emigrantes constituyen el pilar que sustenta unas economías en ruina que tienen en ellas su tabla de salvación. Las remesas representan el 43% de las divisas de El Salvador, el 35% de las de Nicaragua y el 21% en Ecuador (a lo que deben sumarse las remitidas por los emigrados a otros países y a Europa).
México recibe más de 6 mil millones de dólares de dinero fresco y el país no estalla gracias a la emigración. Cuando en 2001 Bush amenazó con una expulsión masiva de inmigrantes ilegales, México crujió y los presidentes centroamericanos volaron raudos a EE.UU., a pedir un indulto. Si la expulsión se daba, sus economías se desplomarían como naipes y los países reventarían, pues carecían de capacidad para acoger a los expulsados.
EE.UU. ha quedado preso en su propia trampa. Con Latinoamérica arruinada tras un siglo de expolio, debe optar entre tragar sin respiro el alud migratorio del sur o, si cierra sus puertas, ver a la región sumirse en el caos, lo que suscitaría una multiplicación exponencial de las riadas migratorias. Si eso ocurriera, enfrentaría dos infiernos, no uno. Como no se vislumbra un cambio de política, en 2050 EE.UU. tendrá 100 millones de hispanos y será el mayor país hispanohablante del mundo tras México. La integración continental no se daría por el ALCA sino vía migración, con un EE.UU., latinoamericanizado, algo que aterra a no pocos blancos. California, con un 52% de hispanos, ha sido retomada. Y siguen llegando.
Europa se encuentra inmersa en un camino similar y debería verse en el espejo de EE.UU., para conocer su futuro inmediato. Esta sitiada fortaleza colinda con África, Europa del Este y Asia, regiones pobres cuando no paupérrimas, con elevadas tasas de natalidad, particularmente África y el Magreb. De los 50 países más pobres del mundo, 35 están en África, continente que tendrá, en 2050, 1.700 millones de habitantes, de ellos 120 millones magrebíes. En África se juntan las desdichas del mundo: superpoblación, enfermedades, hambre, corrupción, guerras y desertización. La marea africana apenas está comenzando.
Ninguna medida represiva podrá detener ese aluvión como demuestra el caso de EE.UU., y la propia experiencia europea. EE.UU., construyó un muro de 150 kilómetros de largo en su frontera con México, ha extendido alambradas y sofisticados sistemas de detección en otros centenares de kilómetros, quintuplicado el gasto y el número de policías y lo único que ha logrado ha sido aumentar el número de inmigrantes muertos (unos 3 mil por año) y favorecer a las mafias. El creciente número de ilegales fallecidos en el "corredor de la muerte", en Arizona, llevó al gobierno mexicano en 2001 a distribuir 200 mil mochilas de supervivencia entre quienes se adentraban por aquella mortal zona desértica.
La única alternativa visible para aminorar el fenómeno, hasta hacerlo controlable, es modificar los términos de intercambio y crear condiciones que hagan viable los países. Será inevitable condonar la deuda externa que ahoga las economías y convertirla en ayuda al desarrollo, creando mecanismos internacionales que impidan su malversación por las oligarquías y gobiernos corruptos.
El proteccionismo agrícola y comercial deberá dar paso a un sistema que favorezca las exportaciones de los países pobres (el aumento de un 1% de las exportaciones incrementaría un 20% la renta del África subsahariana), aumentando también las inversiones para expandir el mercado laboral y arraigar a la población. Las multinacionales deberían ser sometidas a sistemas de control contra la explotación laboral, el traslado de beneficios y la especulación, para evitar la descapitalización humana y monetaria.
No menos importante, impedirles fomentar guerras pues, como afirma el Banco Mundial, muchas de ellas son provocadas para controlar yacimientos minerales, como ocurre en África. Cambios, en fin, que desactiven la causa fundamental de la emigración que ha sido, desde siempre, una huida de la miseria para buscar una vida decorosa y digna.
Parecerá utópico o quimérico, pero no hay otras soluciones a mano. El capitalismo global ha devastado por siglos continentes enteros. Mientras los expoliados no pudieron emigrar, las potencias coloniales vivieron su sueño. Hoy es imposible sostenerlo. Como EE.UU., deberán escoger entre propugnar un sistema internacional menos desigual e injusto, adoptando las medidas que haga falta, o ver su fortaleza asaltada por mareas incesantes de los condenados de la tierra. Su avanzadilla ya está aquí, señalando el camino desde dentro.
Los Indígenas del continente americano les dieron la mano a todos estos emigrantes. Para que no se murieran de hambre. Esos emigrantes lo que hicieron fue tomarlos todo el cuerpo del indígena para mas tarde obligarlos y esclavizarlos para que trabajara para ellos. Ahora son esos emigrantes los dueños del continente. Y no bastándoles eso, los pocos que quedan los discriminan y no los dejan salir adelante, por que están ellos sobre sus cabezas. |
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